El Hipódromo de Salto y la huella imborrable de Irineo Leguisamo
Cuando hablamos de turismo, solemos pensar en las termas, el río o los paisajes que distinguen a nuestro departamento. Sin embargo, también existe un turismo que se construye a través de la memoria, de las historias y de aquellos lugares que ayudaron a forjar la identidad de una comunidad.
Uno de esos sitios es el Hipódromo de Salto.

Durante generaciones, el hipódromo fue mucho más que una pista de carreras. Fue un punto de encuentro para familias, productores rurales, aficionados al turf y visitantes llegados desde distintos puntos del país y de la región. Allí se vivieron jornadas memorables, se forjaron amistades y nacieron historias que aún hoy permanecen vivas en la memoria colectiva de los salteños. El escenario continúa siendo un referente de la actividad hípica del norte uruguayo y sigue convocando a miles de personas en torno al llamado «Deporte de los Reyes».
Pero hablar del Hipódromo de Salto es también hablar de uno de los hijos más ilustres que ha dado nuestro departamento: Irineo Leguisamo.

Nacido en Arerunguá el 20 de octubre de 1903, Leguisamo conoció desde muy pequeño el sacrificio y el trabajo rural. Tras la muerte de su padre, ayudó a sostener a su familia realizando tareas de campo. Fue precisamente entre caballos donde comenzó a descubrir una habilidad extraordinaria que cambiaría para siempre su destino.
Con apenas 13 años y poco más de treinta kilos de peso, disputó su primera carrera oficial en el Hipódromo de Salto. Montando a la yegua «Mentirosa», obtuvo una victoria que marcaría el inicio de una trayectoria legendaria. Nadie podía imaginar entonces que aquel muchacho de Arerunguá se convertiría en el jinete más admirado de la historia rioplatense.
Su talento lo llevó primero a competir en Brasil, luego en los principales hipódromos uruguayos y finalmente a conquistar Argentina. Allí construyó una carrera extraordinaria durante más de cinco décadas, logrando 21 estadísticas de jockeys, récord aún vigente, y obteniendo diez triunfos en el Gran Premio Carlos Pellegrini, la prueba más importante del turf argentino. También ganó ocho veces el Gran Premio José Pedro Ramírez, convirtiéndose en una figura irrepetible de la hípica sudamericana.
Cuando Gardel inmortalizó a Leguisamo

La fama de Irineo Leguisamo trascendió las pistas de carreras y llegó hasta el mundo del tango. Su amistad con el célebre cantor rioplatense Carlos Gardel dio origen a una de las historias más singulares de la cultura popular del Río de la Plata.
En 1925 fue estrenado el tango Leguisamo Solo, obra del compositor Modesto Papavero e inmortalizada por la voz de Gardel. La pieza estaba inspirada en el fenómeno deportivo que representaba el jockey salteño, cuya habilidad despertaba admiración en cada hipódromo donde competía.
La expresión «¡Leguisamo solo!» era frecuente entre los aficionados cuando el jinete comenzaba a distanciarse de sus rivales y parecía encaminarse hacia una nueva victoria. Aquella frase terminó convirtiéndose en el nombre de un tango que atravesó generaciones y que aún hoy forma parte del repertorio histórico del tango rioplatense.
La relación entre Gardel y Leguisamo iba más allá de la admiración pública. Ambos compartían la pasión por los caballos de carrera y mantenían una amistad que los vinculó durante años. Gracias a ello, el nombre del salteño quedó inmortalizado no solamente en los registros del turf, sino también en una de las expresiones culturales más representativas de nuestra región.
Pocos deportistas uruguayos pueden decir que fueron homenajeados en una obra interpretada por Gardel. Leguisamo lo consiguió, convirtiéndose en una figura excepcional tanto para la historia deportiva como para la historia cultural del Uruguay.
A lo largo de 57 años de actividad profesional, Leguisamo compitió en Uruguay, Argentina, Brasil, Chile, Perú, Venezuela, Panamá, Ecuador, Colombia y México. Fue conocido como «El Pulpo», «El Eximio» y «El Maestro», sobrenombres que reflejan la admiración que despertó entre aficionados, periodistas y colegas. Muchos especialistas lo consideran el mejor jockey sudamericano del siglo XX.
Para Salto, su historia posee un valor especial. Antes de conquistar los grandes hipódromos de Palermo, San Isidro o Maroñas, Leguisamo fue simplemente un joven salteño que encontró en la pista de nuestro hipódromo la oportunidad de perseguir un sueño.
Por eso, cuando observamos las tribunas, la pista o las instalaciones del Hipódromo de Salto, no estamos frente a un simple recinto deportivo. Estamos ante un espacio cargado de memoria, un lugar donde comenzó a escribirse una de las páginas más brillantes del deporte uruguayo.
El turismo cultural también consiste en descubrir estas historias. Porque los pueblos no se construyen únicamente con edificios o monumentos; se construyen con las personas que dejaron una huella imborrable en ellos.
Y pocas huellas son tan profundas como la de Irineo Leguisamo.
Leguisamo conquistó Palermo, San Isidro y Maroñas. Su nombre fue cantado por Gardel, admirado por generaciones de aficionados al turf y recordado a ambos lados del Río de la Plata. Sin embargo, antes de convertirse en leyenda, fue un niño de Arerunguá que soñó sobre un caballo y encontró en el Hipódromo de Salto el punto de partida de una historia extraordinaria.
Quizás allí resida el verdadero valor turístico de nuestros lugares: en las historias humanas que aún tienen mucho para contar. Porque cuando hablamos del Hipódromo de Salto, no hablamos solamente de carreras de caballos. Hablamos del lugar donde comenzó la historia de un salteño que llegó a ser inmortalizado por Gardel y que hoy forma parte del patrimonio cultural de Uruguay.









