Por Facundo Marziotte
Llamar las cosas por su nombre no debería incomodar a nadie. Nicolás Maduro es un dictador. Un dirigente que se apropió de las libertades del pueblo venezolano, que les quitó la voz, que los sometió bajo un “gobierno” pesado, autoritario, y además disfrazado de una narrativa alegre y supuestamente popular. Detrás de ese decorado, lo que hubo fue represión, miedo y silencio impuesto.
Por eso, lo primero que debemos decir hoy —sin rodeos— es que los venezolanos merecen libertad y democracia. Merecen decidir su destino sin amenazas, sin persecución, sin un aparato político-militar que los mantenga maniatados y amordazados.
Ahora bien, una cosa muy distinta es celebrar o aplaudir intervenciones armadas extranjeras. Personalmente, jamás me alegrará una intervención militar en ningún país del mundo. Incluso entendiendo que la situación venezolana era extrema y profundamente compleja, la violencia nunca puede ser motivo de festejo. Las armas no son una solución deseable; son, en el mejor de los casos, la evidencia de un fracaso previo.
Tampoco comparto la liviandad con la que algunos se rasgan las vestiduras diciendo que “los venezolanos debían resolver solos sus problemas internos”. Esa mirada ignora deliberadamente la realidad: cuando todo el poder político, institucional y militar está concentrado en un régimen autoritario, el pueblo queda sin herramientas reales para defenderse. Exigir soluciones “desde adentro” en esas condiciones es, como mínimo, una comodidad moral.
Aquí es donde aparece otro actor clave que no puede seguir mirando para el costado: las organizaciones internacionales. Han fallado. Han sido tibias. Han carecido de determinación clara y firme en la defensa de la democracia. Cuando un pueblo es sometido por criminales dictatoriales o por organizaciones abiertamente antidemocráticas, no alcanza con comunicados ambiguos ni con diplomacia sin coraje.
Lo verdaderamente importante —lo único verdaderamente importante— es la libertad del pueblo venezolano. No fue una resolución perfecta, probablemente no fue la ideal. Pero si miramos hacia adelante, hoy existe una oportunidad histórica para que Venezuela vuelva a sus raíces de libertad y democracia.
Y también es una oportunidad para que el sistema internacional se mire al espejo y haga una autocrítica profunda. El mundo no puede depender de la intervención de un imperio para resolver conflictos que nacen de la negación sistemática de la democracia. Hay cosas que están mal, muy mal, y es momento de ponerlas sobre la mesa, sin hipocresías ni dobles discursos.
Porque cuando un pueblo pierde la libertad, el problema no es solo de ese país. Es del mundo entero.






